Nota: Lo destacado en Azul Claro, fotografías o Información adicional.




1 de abril de 2010

-TEMAS DE INTERÉS " NAUFRAGIO-MONTE ISABELA" 1 de 3

Naufragios en la costa de Telde (XI): El 'Monte Isabela'
Rafael Sánchez Valerón
Sesenta y seis años habían transcurrido desde aquel fatídico 12 de Mayo de 1880 en que el buque Senegal era atrapado por la baja de Gando. Uno a uno irían cayendo en distintas épocas y casi de forma escalonada buques de gran tonelaje, como si el mar exigiera un tributo de peaje que había que pagar en una insignificante roca perdida en el Atlántico en la isla de Gran Canaria en las costas de Telde y que a dos metros de la superficie acechaba cautelosa a aquellos barcos que predestinados por un extraño sino chocaban contra sus rompientes.
La silueta del legendario vapor Monte Isabela pintado de negro y con chimenea de amarillo, rematada con una "A" roja en el centro, jalonó una histórica etapa en sus viajes por el Atlántico.
La Naviera Aznar y el Monte Isabela
El vapor Monte Isabela fue botado en 1921 en Stockton (Inglaterra) por “The R.S.B.S.R.C.S.L.” y pertenecía a la Naviera Aznar S. A. de Bilbao a la cual había sido transferido en 1939, habiendo navegado con el nombre de “Atxeri mendi”, en la Empresa por aquel tiempo denominada Sota y Aznar. La mayoría de sus buques estaban dedicados al transporte de mercancías. Al iniciarse la Guerra Civil Española quedaron repartidos en ambas zonas beligerantes de la contienda; algunos fueron hundidos. Poco después de finalizar la Guerra Civil, en Junio de 1939, la entidad se convirtió en naviera única. A todos los barcos de la antigua compañía naviera mercante “Sota y Aznar” le cambiaron sus nombres vascos “castellanizándose” por el de “Montes”. El buque de transporte “Atxeri mendi” se convirtió en “Monte Isabela”.
Su arqueo bruto era de 3.615 toneladas y en carga llevaba un peso muerto de 8.425 toneladas. Sus medidas en metros: eslora, 107,28; manga, 14,84; puntal, 7,57. Estaba provisto de un motor a vapor de 1.220 H.P.
La tripulación del Monte Isabela estaba integrada por 34 hombres, figurando entre ellos como agregado un hijo del práctico del Puerto de la Luz señor Mora.
Navegaba bajo el mando del capitán de la marina mercante D. Francisco García y García, siendo despachado en Las Palmas por “Aucona”.
El buque siniestrado había descargado unas cinco mil toneladas de maíz entre el Puerto de la Luz y el de Santa Cruz de Tenerife, de donde regresó para proveerse de carbón.
Una larga odisea por el Atlántico
Durante la primera mitad de la década de 1940 el Monte Isabela surcó los mares en una época sumamente peligrosa, no por huracanes ni tormentas, sino por la terrible contienda mundial que se desarrollaba y de la que en muchos casos eran víctimas inocentes barcos de carga. En esta etapa la presencia del Monte Isabela era especialmente apreciada, pues en él venía el grano para las Islas y la Península en una época especialmente triste de la historia de nuestras islas, donde por efectos de la contienda recién terminada y por la que se desarrollaba, la entrada de suministros procedente del exterior era escasa.
En esta etapa sus viajes estuvieron consignados por las Casas locales Camilo Martinón y Aucona.
A finales de Junio de 1940 había llegado a Las Palmas con un cargamento de cereales procedente de Concepción (Uruguay). El 29 de Agosto de 1942 arribó desde Argentina descargando trigo y otras mercancías para la población, continuando luego viaje para Valencia después de repostarse. A principios de Diciembre de 1942 llegó a Santa Cruz de Tenerife para descargar la mitad de los cereales que traía, siendo despachado para Bilbao donde desembarcó a mediados de mes la otra mitad. Junto a sus compañeros “Monte Gurugú”, “Monte Icherta”, “Monte Orduña” y “Monte Solluve” se encontraba navegando por el Atlántico procedente de la Argentina para descargar en Canarias y Península cereales, habiendo entrado en el puerto de Las Palmas en la mañana del 25 de Abril de 1943 con 7.000 toneladas de cereales para Gijón a donde siguió viaje por la tarde.
En Enero de 1944 transportaba un cargamento completo de bacalao desde Filadelfia con destino a Bilbao. Después de llegar de Argentina con trigo para abastecimiento nacional, a principios de Junio de 1944, embarcó con destino a Pasajes 12.413 piñas y 475 paquetes de plátanos, y 3.488 canastas de tomates. En la mañana del 4 de Febrero de 1945 llegó al puerto de la Luz procedente de Buenos Aires, descargando 2.600 toneladas de maíz y 90 toneladas de leche en polvo, continuando viaje a Tenerife donde dejó 2.400 de maíz y leche en polvo. A mediados de Marzo fue despachado para Buenos Aires después de proveerse de carbón. El 31 de Agosto del mismo año entró en el puerto de la Luz procedente de Rosario con cargamento de cereales para Gijón, habiéndose proveído de carbón.
El 19 de Octubre pasó por las Palmas vía Tenerife con destino a Buenos Aires con un cargamento de carbón para ambas capitales. A mediados de Junio de 1946 llegó a Las Palmas desde Buenos Aires en tránsito con cereales descargando una importante partida, proveyéndose de carbón. El 6 de Septiembre de 1946 llegó de Buenos Aires para descargar 5.000 toneladas de maíz con destino al abastecimiento de las islas. El 18 de Septiembre después de descargar los cereales en Tenerife regresó al puerto de la Luz en lastre para carbonear y continuar viaje hacia Cuba, a cuyo destino no pudo llegar cuando en la tarde de un domingo soltó amarras en nuestro puerto y puso proa al sur para dirigirse a América encontrándose en su camino la fatal “baja de Gando”, en aquel aciago día en que desapareció un barco que había cruzado multitud de veces el Atlántico en sus viajes de ida y vuelta al Nuevo Mundo y que tantos servicios había prestado a nuestras islas.
El naufragio
Un nuevo suceso marítimo se producía en la baja de Gando donde el Monte Isabela quedó hundido al anochecer de un viernes 20 de Septiembre de 1946. El buque había salido del Puerto de la Luz entre las seis y siete de la tarde, en lastre y con destino a Cuba, donde debía cargar azúcar para Inglaterra. El mar estaba en completa calma y el Monte Isabela costeaba las aguas del Este de la isla en el que sería el principio y fin de su viaje.
Casi a la hora de navegación, cuando pasaba por aguas de Gando, chocó violentamente contra un “cuerpo extraño”, desapareciendo rápidamente de la superficie.
La catástrofe se produjo con tal rapidez que el barco quedó clavado de proa. Antes de desaparecer de la superficie, la chimenea voló por los aires, desprendiéndose el puente y otros departamentos del navío con gran violencia, desapareciendo entre las aguas 15 minutos después, a las ocho exactamente.
La confusión a bordo fue enorme. Los tripulantes sorprendidos por el inesperado siniestro, apenas tuvieron tiempo para lanzarse al agua con algunas balsas y asidos a maderos que flotaban, permanecieron así cerca de una hora. Algunos quedaron agarrados al pedazo de puente que se desprendió.
Según versión de algunos tripulantes, por la aparatosidad del choque, dio la impresión que el buque había chocado con una mina, pues al producirse el siniestro se oyó un ruido muy fuerte y extraño. Las secuelas de la pasada guerra aún pervivían.
El radiotelegrafista dejó cortada la llamada de auxilio y todos se lanzaron al agua con la rapidez que el caso requería.
El capitán, que se obstinaba en permanecer a bordo fue lanzado al agua por el fogonero canario Antonio Jiménez de la Nuez, uno de los desaparecidos del siniestro juntamente con el cocinero.
El salvamento
El radiotelegrafista del Monte Isabela logró lanzar la primera llamada de auxilio que aunque quedó cortada por la rapidez de los acontecimientos, al tenerse que abandonar el buque con celeridad; afortunadamente fue recogida por la estación costera y comunicada con la rapidez del caso a las autoridades competentes.
El último contacto con el Monte Isabela se produjo sobre las ocho de la noche, cuando se recogió por telegrafía una lacónica y estremecedora llamada de socorro: "Estamos a 20 millas. Nos hundimos rápidamente".
Inmediatamente de conocido el accidente comenzaron las operaciones de salvamento de los tripulantes, que en parte se habían echado al agua en barcas y botes; en estas operaciones, participaron ejemplarmente elementos civiles y militares que acudieron con rapidez al lugar del suceso, a donde hizo también acto de presencia el alcalde de la ciudad de Telde don Manuel Álvarez Cabrera.
Las autoridades marítimas habían dispuesto que el remolcador Gran Canaria saliera del Puerto de la Luz para auxiliar a los náufragos. El vaporcito pesquero San Juan que venía de la pesca, fue la primera embarcación que llegó al lugar del suceso recogiendo a los primeros náufragos. Los restantes fueron salvados por el Gran Canaria. La mala suerte se cebó con el pequeño pesquero, pues sufrió una avería siendo arrastrado al garete en dirección al Sur teniendo que ser auxiliado por el Gran Canaria cuando ya se encontraba cerca de Arguineguín. También acudieron como siempre los “barqueros” de la zona de Gando.
Algunos barcos en ruta que también recibieron el S.O.S. lanzado por el Monte Isabela trataron de acudir al lugar del siniestro. Uno de estos buques fue el Monte Nafarre, que había salido del Puerto de la Luz para Cádiz con tabaco. El otro fue uno inglés que también había abandonado nuestro puerto. Pero la estación costera comunicó a los mismos que ya habían acudido embarcaciones ligeras para recoger a los tripulantes del Monte Isabela y aquellos siguieron ruta. También un avión de la base de Gando voló inmediatamente sobre el lugar del suceso, informando que los tripulantes del vapor hundido permanecían a flote en balsas y maderos desprendidos del buque.
Durante toda la noche, posterior al suceso se realizaron activas búsquedas que dieron por resultado el hallazgo de 32 hombres de los 34 que componían la tripulación, echándose en falta a dos, ignorándose si habían desaparecido en el accidente o se encontraban aún a bordo de algún bote.
El buque se hundió en seguida, sin dejar rastros que permitieran precisar el lugar de la catástrofe. Por ello, el Gran Canaria pasó gran parte de la noche buscando, infructuosamente por todos los alrededores del sitio dónde suponía se había producido el hundimiento.
En la tarde del día siguiente al naufragio el remolcador Gran Canaria que realizaba exploraciones en los alrededores del lugar del siniestro encontró una balsa con los dos tripulantes que faltaban habiendo fallecido el fogonero Antonio Jiménez de la Nuez, siendo la quinta y última víctima mortal de los que de manera directa o indirecta fallecieron como consecuencia de los naufragios relatados.
Los tripulantes salvados perdieron sus pertenencias, viéndose precisados a lanzarse al agua solamente con lo puesto. Todos fueron espléndidamente atendidos en Gando y trasladados después al Hotel Central. Poco después de las dos de la tarde recibió la Estación Costera, a cuyo frente estaba el técnico don Luis Campanario una llamada del remolcador Gran Canaria, dando cuenta de haber hallado sobre una balsa al cocinero y al fogonero del Monte Isabela, Antonio Jiménez y Juan Limiñana, uno de ellos vivo y el otro muerto. Los desaparecidos se encontraban a la altura de Arinaga.
Colaboraron con el remolcador en los trabajos de localización de los desaparecidos algunos aviones de la Base Aérea, los cuales sólo hallaron restos del barco hundido y un bote con un trapo blanco.
Como dato curioso se puede reseñar que en el Monte Isabela viajaba otro canario además del fogonero, un agregado, hijo del práctico del puerto Sr. Mora resultando extraordinariamente emocionante el encuentro de ambos una vez verificado el salvamento. Por noticias recogidas en el lugar del suceso se supo que el “foxterrier” de a bordo se salvó por si mismo, siendo recogido por uno de los botes que se aproximaban a la orilla.
Epílogo
El Monte Isabela se encuentra reposando a 72 metros de profundidad en aguas de Gando constituyendo un gran atractivo, sólo al alcance de expertos buceadores, ya que la profundidad a que se encuentra representa un serio peligro para aquellos que osen llegar a él sin las condiciones de seguridad que dicha profundidad requiere.
A principios de la década de 1990 en un gráfico realizado por el segundo jefe del buque de la armada Poseidón se comprobó que el buque estaba completamente derecho conservando su estructura.
Sobre su hundimiento se han tejido innumerables conjeturas e hipótesis que a pesar del tiempo transcurrido siguen sin aclararse y como casi siempre la sospecha sobre el cobro de indemnizaciones de los seguros marítimos.
Rafael Sánchez Valerón es maestro y cronista oficial de Ingenio.
INFORMACIÓN DE TeldeActualidad.com

0 comentarios:

Publicar un comentario

Visitantes.

.